Vivimos tan deprisa que no dejamos tiempo para buscar lo trascendente de nuestras vidas y no reparamos nada más que en aquello que nos entra por los sentidos. Algo tan sencillo como: «lo veo, me gusta y lo compro». Y esa adquisición me dura lo que dura la moda, un leve espacio de tiempo; porque la moda es lo que antes se pasa de moda. Y así, reiterando este mismo proceso, se nos pasan los días y los años en torno al mito de lo efímero, en busca de imágenes creadas de cosas y personas nacidas, únicamente, por y para «Don Dinero».

A todos los que estamos viviendo dentro del sistema de esta sociedad, nos rebota esta epidemia del «culto a la imagen». Es una obsesión moderna por la perfección del cuerpo, por determinados modelos de vida que tienden a la mitificación del bienestar (el poseer y disfrutar se imponen como valores) hasta tal punto que desborda nuestras capacidades y es entonces cuando nos viene el stress, la depresión, los complejos, en definitiva, la crisis del dolor por no conseguir los objetivos de una verdad que nos marcan, no nuestra propia verdad. Y es precisamente en este punto, cuando sabemos del sufrimiento, el momento en que nos damos cuenta de que la felicidad personal está en otras cosas mucho más sencillas, a nuestro alrededor, sin comprarlas, sin copiarlas, sin buscarlas...
Todos buscamos en mayor o menor medida esta perfección y este bienestar porque, si somos realistas, es también lo que se nos exige para ser aceptados. La cuestión está en la mesura, en no llevarlo a sus últimas consecuencias. Está bien el querer tener un cuerpo «danone», pero lo que no está bien es distorsionar nuestra imagen ante el espejo y terminar en la anorexia, vigorexia o bulimia. No sé por qué pensamos que la delgadez extrema que desfila por nuestras pasarelas es «belleza» y no lo pensamos igualmente ante un cuerpo «rellenito». Yo diría que en ambos casos se peca de desequilibrio físico, uno por defecto y otro por exceso.
Por otro lado, es absurdo pelear contra el tiempo externamente sin antes hacerlo internamente.Hay que reflexionar mucho al respecto y tener en cuenta que una cirugía estética, por ejemplo, no está exenta de peligros y no debe concebirse como un capricho. También existe una proliferación de productos lights que provocan una desnaturalización gastronómica.Afortunadamente, en España, todavía podemos presumir de una dieta mediterránea que, bien combinada , es de lo más saludable.En definitiva, nos mueve una filosofía guiada por el placer y la comodidad material, que se traslada a edades infantiles, declinando un rasgo importantísimo del individuo que es, la capacidad de lucha. Cubrir nuevas necesidades materiales para mantener un «status» se ha convertido en una finalidad, sin importar los medios para conseguirlo, hasta el punto de ver, día a día, cómo se vende públicamente la dignidad propia y la del otro. Y esto, desgraciadamente, es un espectáculo que mueve masas.
Todos estos rasgos se generalizan en cualquier grupo de edad, sin embargo, es en los adolescentes, los más susceptibles, donde se ha convertido en una auténtica pesadilla. Este fenómeno ha sucumbido en un desencanto y un desequilibrio complejo, difícil de solventar por parte de la familia y de la escuela.
En cualquier caso, si intentamos ser un estereotipo, difícilmente mantendremos la autoestima para construir una buena personalidad. ¿Por qué no ofrecemos modelos humanos que estén a nuestro alcance? ¿no sería así más fácil conseguir nuestros objetivos? De esta manera favorecemos nuestra identidad (si en la variedad está el gusto, en la diferencia está la riqueza personal). ¿Por qué exigirnos una metamorfosis, tantas veces, innecesaria? ¿es esto realmente una liberación, o es un condicionante colectivo impuesto para el negocio de unos pocos?
La máxima de estas especulaciones, cuanto menos, reflexivas, podría resumirse en: "SACAR LO MEJOR QUE TIENE LA GENTE DENTRO Y NO FAVORECER TANTO LO QUE TIENE LA GENTE FUERA".